Puedo imaginarte ahí sentada, sola con tu vestido de color lavanda, el pelo recogido y sin probar la torta, seguramente tamborileando con tus uñas sobre el mantel blanco de lino, como sueles hacer cuando te sientes realmente hundida. Puede que incluso estés mirándote las uñas y pensando: “Dios, tendría que haber parado toda esta malva de complot para hacerme la manicura”. Pero ya es tarde.
De pronto oyes una canción familiar y te levantas de la silla con un movimiento exquisito, preguntándote, buscando, husmeando el aire como un ciervo moteado.
¿Acaso Dios ha escuchado tu pequeña plegaria? ¿Volverá a brillar Cenicienta?
Y entonces, de repente, la multitud se aparta y ahí está él, elegante, con estilo, radiante de carisma, curiosamente él está al teléfono, pero en fin, tu también. Y él va hacia ti, con los andares de un gato salvaje y aunque tú acertadamente sientes que es gay, como la mayoría de los solteros arrolladoramente guapos de su edad, piensas:
“Qué demonios, la vida sigue, quizás no habrá matrimonio, quizás no habrá sexo, pero por Dios, seguro que habrá baile”
------------------------------------------------------------------------------------
El texto pertenece a la secuencia final de la película “La Boda de mi mejor amigo”, que se estrenó en 1997 y muy pronto, se convirtió en una de las cintas preferidas de casi todas las mujeres. En mi caso, por ejemplo, la fui a ver al cine, la he alquilado más de una vez y cada vez que la descubro haciendo zapping, la miro y vuelvo a llorar (y por qué no a cantar el tema de Diana King, “I say a little player for you”)… Sí, puede ser que tenga problemas pero la pienso seguir mirando, siempre descubro algo nuevo.
Hoy, once años después, buscando en la soledad de mi noche alguna película que me acompañe y me extraiga de la realidad dominguera, recordé títulos que querría volver a ver y ésta sin dudas, es una de ellas.
De ella sacó dos reflexiones: Qué patéticos somos cuando nos enamoramos y qué importante es aprender a ver el vaso medio lleno, para que no sea necesario tocar fondo para volver a soñar.
Ahora mientras espero que baje la peli y por supuesto, la banda de sonido, luego de reflexionar y repasar mis últimos días, estoy en condiciones de garantizar que sí, que la vida continúa sin el príncipe y que Cenicienta volverá a brillar. La plegaria, aunque no soy muy creyente, por si acaso la voy armando para darle una manito al destino…
lunes, 26 de mayo de 2008
viernes, 23 de mayo de 2008
Sólo música para mis oídos
Este es un tema hermoso de Serú, un clásico que no pasa de moda y que siempre es bueno tenerlo a mano para un día gris, triste, colmado de recuerdos y de desilusión como el de hoy.
Espero que lo disfruten, no hacen falta más palabras…
Nos veremos otra vez
Aunque te abraces a la luna
aunque te acuestes con el sol.
No hay más estrellas que las que dejes brillar
tendrá el cielo tu color
No estés solo en esta lluvia
no te entregues por favor
Si debes ser fuerte en estos tiempos
para resistir la decepción y quedar abierto, mente y alma,
yo estoy con vos.
Si te hace falta quien te trate con amor
si no tenés a quien brindar tu corazón
si todo vuelve cuando más lo precisas
nos veremos otra vez.
No estés sola en esta lluvia
no te entregues por favor.
Si debes ser fuerte en estos tiempos
para resistir la decepción y quedar abierta, mente y alma,
yo estoy con vos.
Si te hace falta quien te trate con amor
si no tenés a quien brindar tu corazón
si todo vuelve cuando más lo precisas
nos veremos otra vez.
Espero que lo disfruten, no hacen falta más palabras…
Nos veremos otra vez
Aunque te abraces a la luna
aunque te acuestes con el sol.
No hay más estrellas que las que dejes brillar
tendrá el cielo tu color
No estés solo en esta lluvia
no te entregues por favor
Si debes ser fuerte en estos tiempos
para resistir la decepción y quedar abierto, mente y alma,
yo estoy con vos.
Si te hace falta quien te trate con amor
si no tenés a quien brindar tu corazón
si todo vuelve cuando más lo precisas
nos veremos otra vez.
No estés sola en esta lluvia
no te entregues por favor.
Si debes ser fuerte en estos tiempos
para resistir la decepción y quedar abierta, mente y alma,
yo estoy con vos.
Si te hace falta quien te trate con amor
si no tenés a quien brindar tu corazón
si todo vuelve cuando más lo precisas
nos veremos otra vez.
miércoles, 21 de mayo de 2008
La grata recompensa de la espera
Ella sólo lloraba. De día y de noche, no importaban horarios ni fechas porque su angustia podía más que todo eso junto. Estaba triste y sabía perfectamente el motivo de tanto dolor, tenía en claro cuál era su carencia pero también entendía que no era fácil cambiar las cosas.
Nada, ni una palabra de aliento, ni los consejos de sus amigos ni los más dulces elogios masculinos podían devolverle la sonrisa. Un buen día decidió que nada la distraería de su búsqueda y sentenció que hasta que las cosas no fueran como ella las soñaba se alejaba de los besos y el sexo sin amor. Ya no pondría nada en juego, ni expectativas ni ilusiones, ya no se conformaría con menos que eso que tanto buscaba.
Así transcurrieron los meses, la terapia ayudó pero su determinación contribuyó más aún. Era otra, se sentía radiante y todos a su paso se lo confirmaban. Su seguridad fue en aumento, su malestar desapareció y ya no lloró más, por nada ni por nadie. Ya no tenía espinas clavadas en el corazón, como solía decir homenajeando a Calamaro mientras focalizaba en su objetivo.
Un buen día, en la circunstancia que menos lo esperaba, ocurrió el "milagro". Nunca creyó que era momento ni mucho menos que era el lugar, pero el destino tenía preparado para ella al hombre con el que siempre había soñado. Y ya nada fue igual.
Se sabe, el amor a una determinada edad no sabe de tiempos ideales, de espera ni de nada por el estilo. Así que ahora ella sólo disfruta porque confío y la vida le dio revancha. Festeja por este momento que el destino le está regalando. Sonríe por volver a amar con la misma (o quizás mayor) intensidad que en las viejas épocas; por permitirse proyectar sin contar los días desde aquel viernes de verano en que se conocieron en el lugar más insólito del mundo.
Allá va feliz, con una sonrisa gigante, con luz en la mirada y sin importarle el que dirán. Después de todo, la protagonista de esta historia de amor con la que fantaseó durante años, esta vez es ella misma.
(Dedicado a mi hermana de la vida… Brindo porque esta vez te haya tocado a vos y espero que me den pronto la felicidad de conocer a Emma, mi tan esperada sobrina)
Nada, ni una palabra de aliento, ni los consejos de sus amigos ni los más dulces elogios masculinos podían devolverle la sonrisa. Un buen día decidió que nada la distraería de su búsqueda y sentenció que hasta que las cosas no fueran como ella las soñaba se alejaba de los besos y el sexo sin amor. Ya no pondría nada en juego, ni expectativas ni ilusiones, ya no se conformaría con menos que eso que tanto buscaba.
Así transcurrieron los meses, la terapia ayudó pero su determinación contribuyó más aún. Era otra, se sentía radiante y todos a su paso se lo confirmaban. Su seguridad fue en aumento, su malestar desapareció y ya no lloró más, por nada ni por nadie. Ya no tenía espinas clavadas en el corazón, como solía decir homenajeando a Calamaro mientras focalizaba en su objetivo.
Un buen día, en la circunstancia que menos lo esperaba, ocurrió el "milagro". Nunca creyó que era momento ni mucho menos que era el lugar, pero el destino tenía preparado para ella al hombre con el que siempre había soñado. Y ya nada fue igual.
Se sabe, el amor a una determinada edad no sabe de tiempos ideales, de espera ni de nada por el estilo. Así que ahora ella sólo disfruta porque confío y la vida le dio revancha. Festeja por este momento que el destino le está regalando. Sonríe por volver a amar con la misma (o quizás mayor) intensidad que en las viejas épocas; por permitirse proyectar sin contar los días desde aquel viernes de verano en que se conocieron en el lugar más insólito del mundo.
Allá va feliz, con una sonrisa gigante, con luz en la mirada y sin importarle el que dirán. Después de todo, la protagonista de esta historia de amor con la que fantaseó durante años, esta vez es ella misma.
(Dedicado a mi hermana de la vida… Brindo porque esta vez te haya tocado a vos y espero que me den pronto la felicidad de conocer a Emma, mi tan esperada sobrina)
lunes, 19 de mayo de 2008
Cuarteles de invierno
Cuando era chica y saltaba de noviecito en noviecito con la mayor facilidad del mundo, estaba convencidísima que no había momento más propicio para cortar una relación que a fines de diciembre. Sí, era bastante salvaje y desconsiderada si se tiene en cuenta que a esa pobre persona que compartía la vida conmigo le rompía el corazón justo para las fiestas, pero en esa época la verdad que esas reuniones familiares me importaba tanto o menos que ahora.
Lo que me quitaba el sueño por esos tiempos eran las vacaciones de verano, mi momento preferido del año y no quería perderme nada, ni una sola hora de mi vida con asuntos de novios. Por lo tanto, con el mayor tacto posible (que ahora calculo que era nulo), me acercaba al chico en cuestión y le decía la odiosa frase: “Disculpame, no sos vos, soy yo que no estoy lista para estar de novia. Vas a ser muuuy feliz con otra persona”. Y así no más, sin ningún tipo de remordimiento, seguía adelante con mi vida, planeaba quién sería mi “chico” de verano, qué me pondría el sábado para ir a bailar y qué cosas haría con mis amigas en mis esperadas vacaciones en San Bernardo.
Pero un día todo eso cambió. Me lo quisieron advertir, pero no llegué a escucharlo, o seguro que no quise hacerlo. “Un día te va a volver, la vida te va a castigar. Vas a sufrir lo que estoy sufriendo por tu culpa….” y vaya que sí sucedió. Pero ese es otro capítulo.
A lo que me refiero con esta larga introducción, es que parece que la nueva moda es separarse en invierno, o por esta fecha, en sus vísperas. Un tendal de gente conocida (me estoy enterando con el correr de los días) decide ponerle punto final a sus historias de amor, así como si nada. Sin ponerse a analizar lo que están haciendo, lo que van a sufrir encerrados con el frío en total soledad, sin una mano cariñosa que les haga un mimo o un abrazo amable que se digne a cobijarlos a la hora de dormir. Sin sus amigos disponibles a hacerles compañía, debido a las exigencias que el estudio, el trabajo o sus propias relaciones les demandan.
Para mi es una locura, un despropósito dejar a alguien en invierno, un acto de mala fe. Me niego a creer que hay gente capaz de romperle el corazón a otra de esa manera, a obligarlo a padecer un invierno oscuro y aburrido solo. Y si se enferma, ¿quién lo cuida?; y si un domingo no quiere quedarse encerrado todo el día leyendo, ¿con quién sale a pasear? Entre el fútbol y la gente en pareja, no queda nadie libre en la ciudad.
Una maldad de este estilo debe ser pagada con una indemnización a la pobre víctima, para que tenga por lo menos dinero en el bolsillo para salir a entretenerse, o en el caso de ser mujer la damnificada, que tenga la posibilidad de resguardarse de la lluvia y el aburrimiento en un shopping.
Al final tan mala no fui, les pido perdón a aquellos que hice sufrir durante mi adolescencia, sobre todo a uno con el que creo me ensañé (y sin merecerlo, menos que nadie). Pero hoy a la distancia y analizando las nuevas tendencias, deduzco que les hice un favor. No fui tan cruel, tan desconsiderada y mezquina de dejarlos solos en invierno. Los dejé en verano y con armas en la mano para divertirse y olvidarse de la perra que los abandonó sin previo aviso.
Se los tendré que comentar así tengo un problema menos en esta mochila cargada de culpas...
Lo que me quitaba el sueño por esos tiempos eran las vacaciones de verano, mi momento preferido del año y no quería perderme nada, ni una sola hora de mi vida con asuntos de novios. Por lo tanto, con el mayor tacto posible (que ahora calculo que era nulo), me acercaba al chico en cuestión y le decía la odiosa frase: “Disculpame, no sos vos, soy yo que no estoy lista para estar de novia. Vas a ser muuuy feliz con otra persona”. Y así no más, sin ningún tipo de remordimiento, seguía adelante con mi vida, planeaba quién sería mi “chico” de verano, qué me pondría el sábado para ir a bailar y qué cosas haría con mis amigas en mis esperadas vacaciones en San Bernardo.
Pero un día todo eso cambió. Me lo quisieron advertir, pero no llegué a escucharlo, o seguro que no quise hacerlo. “Un día te va a volver, la vida te va a castigar. Vas a sufrir lo que estoy sufriendo por tu culpa….” y vaya que sí sucedió. Pero ese es otro capítulo.
A lo que me refiero con esta larga introducción, es que parece que la nueva moda es separarse en invierno, o por esta fecha, en sus vísperas. Un tendal de gente conocida (me estoy enterando con el correr de los días) decide ponerle punto final a sus historias de amor, así como si nada. Sin ponerse a analizar lo que están haciendo, lo que van a sufrir encerrados con el frío en total soledad, sin una mano cariñosa que les haga un mimo o un abrazo amable que se digne a cobijarlos a la hora de dormir. Sin sus amigos disponibles a hacerles compañía, debido a las exigencias que el estudio, el trabajo o sus propias relaciones les demandan.
Para mi es una locura, un despropósito dejar a alguien en invierno, un acto de mala fe. Me niego a creer que hay gente capaz de romperle el corazón a otra de esa manera, a obligarlo a padecer un invierno oscuro y aburrido solo. Y si se enferma, ¿quién lo cuida?; y si un domingo no quiere quedarse encerrado todo el día leyendo, ¿con quién sale a pasear? Entre el fútbol y la gente en pareja, no queda nadie libre en la ciudad.
Una maldad de este estilo debe ser pagada con una indemnización a la pobre víctima, para que tenga por lo menos dinero en el bolsillo para salir a entretenerse, o en el caso de ser mujer la damnificada, que tenga la posibilidad de resguardarse de la lluvia y el aburrimiento en un shopping.
Al final tan mala no fui, les pido perdón a aquellos que hice sufrir durante mi adolescencia, sobre todo a uno con el que creo me ensañé (y sin merecerlo, menos que nadie). Pero hoy a la distancia y analizando las nuevas tendencias, deduzco que les hice un favor. No fui tan cruel, tan desconsiderada y mezquina de dejarlos solos en invierno. Los dejé en verano y con armas en la mano para divertirse y olvidarse de la perra que los abandonó sin previo aviso.
Se los tendré que comentar así tengo un problema menos en esta mochila cargada de culpas...
jueves, 6 de marzo de 2008
¿Qué vuelvan los lentos?- Recuerdos de la adolescencia
Organizando una fiesta que se dará en breve, recordé con un dejo de tristeza “aquellos años felices”. Pero ojo, no me refiero al ciclo yanqui donde Kevin sufría por una chinita horrible y andaba en una bici antigua de manubrio alto junto a su amigo inseparable, Paul (a quien años después señalarían como el mismísimo Marilyn Manson) sino a esos años de mi vida en los que fui marcada a fuego, para bien o para mal, pero marcada al fin como le sucede a tantas otras personas.
Todos los que crecimos en un barrio sí o sí asistimos a un club o nos congregamos en alguna placita para matar las tardes de calor porque en la adolescencia, por lo menos las chicas, teníamos prohibido meternos a la pileta. Era algo impensado para cualquiera de nosotras, el escenario menos soñado, por lo tanto había quedado desterrado de los planes y no nos quedaba otra que producirnos de manera tal que los 40° a la sombra no nos matara. Pero no me quiero ir por las ramas.
La cuestión es que en esos lugares es donde pasaba mis horas y resolvía mis terribles preocupaciones, que por esos días eran asegurarme que mi chico ideal de turno (que en esa misma semana podía cambiar por otro y podía ser amado con la misma intensidad, obvio) fuera al asalto que se hacía en alguna casa el sábado por la noche; qué me iba a poner y si mis papás me iban a dejar quedarme hasta que las velas no ardan, que era el momento en que se bajaban las luces, se pasaban los mejores lentos y de tanto baile te quedaba el aroma del chico que te gustaba en la ropa.
Ni hablar del momento de los juegos: la botellita; verdad-consecuencia o el semáforo. ¡Qué nervios, por favor! Recuerdo que me dolían los dedos de tanto cruzarlos para que mi príncipe de turno me eligiera a mí, pero en esa etapa de la vida la suerte no estaba de mi lado… y no era para menos. Mientras mis amigas se estrenaban ropa todas las semanas, yo debía conformarme con sus sobras o lo que es peor, con unos pantalones de jean bordó que me costó un huevo lograr que mi mamá me dejé tirar a la basura. Ojo, esos eran lindos, peor los verde botella o los nevados que combinaba con camisas floreadas o con estrellas. Y ni hablar de los malditos leñadores, que aún hoy aborrezco ver en los pies masculinos. (Ojala que no hayan quedado registros fotográficos de aquella época, voy a buscarlos y si aparecen, arderán en el fuego)
Por suerte, más adelante en el tiempo vinieron épocas mejores donde pude revindicarme, los chicos comenzaron a mirarme y fui popular en la escuela (tanto que llegué a ser delegada de mi división). Mala como la peste (un poco por resentimiento, tal vez) y bastante hábil para el chamuyo, pronto me convertí en la chica simpática dentro de un grupo de chicas lindas. ¿Algo mejoró después de todo no? Pero para llegar a eso tuve que pasar grandes desilusiones que en otro momento les contaré.
Por eso, cuando veo que las publicidades y los programas de televisión levantan sus estándares a favor de los lentos, tiemblo. Me da pena porque me encantan (de hecho los suelo cantar por fonética y a los gritos, sin entender nada de lo que dicen) pero la verdad es que me asustan.
Todos los que crecimos en un barrio sí o sí asistimos a un club o nos congregamos en alguna placita para matar las tardes de calor porque en la adolescencia, por lo menos las chicas, teníamos prohibido meternos a la pileta. Era algo impensado para cualquiera de nosotras, el escenario menos soñado, por lo tanto había quedado desterrado de los planes y no nos quedaba otra que producirnos de manera tal que los 40° a la sombra no nos matara. Pero no me quiero ir por las ramas.
La cuestión es que en esos lugares es donde pasaba mis horas y resolvía mis terribles preocupaciones, que por esos días eran asegurarme que mi chico ideal de turno (que en esa misma semana podía cambiar por otro y podía ser amado con la misma intensidad, obvio) fuera al asalto que se hacía en alguna casa el sábado por la noche; qué me iba a poner y si mis papás me iban a dejar quedarme hasta que las velas no ardan, que era el momento en que se bajaban las luces, se pasaban los mejores lentos y de tanto baile te quedaba el aroma del chico que te gustaba en la ropa.
Ni hablar del momento de los juegos: la botellita; verdad-consecuencia o el semáforo. ¡Qué nervios, por favor! Recuerdo que me dolían los dedos de tanto cruzarlos para que mi príncipe de turno me eligiera a mí, pero en esa etapa de la vida la suerte no estaba de mi lado… y no era para menos. Mientras mis amigas se estrenaban ropa todas las semanas, yo debía conformarme con sus sobras o lo que es peor, con unos pantalones de jean bordó que me costó un huevo lograr que mi mamá me dejé tirar a la basura. Ojo, esos eran lindos, peor los verde botella o los nevados que combinaba con camisas floreadas o con estrellas. Y ni hablar de los malditos leñadores, que aún hoy aborrezco ver en los pies masculinos. (Ojala que no hayan quedado registros fotográficos de aquella época, voy a buscarlos y si aparecen, arderán en el fuego)
Por suerte, más adelante en el tiempo vinieron épocas mejores donde pude revindicarme, los chicos comenzaron a mirarme y fui popular en la escuela (tanto que llegué a ser delegada de mi división). Mala como la peste (un poco por resentimiento, tal vez) y bastante hábil para el chamuyo, pronto me convertí en la chica simpática dentro de un grupo de chicas lindas. ¿Algo mejoró después de todo no? Pero para llegar a eso tuve que pasar grandes desilusiones que en otro momento les contaré.
Por eso, cuando veo que las publicidades y los programas de televisión levantan sus estándares a favor de los lentos, tiemblo. Me da pena porque me encantan (de hecho los suelo cantar por fonética y a los gritos, sin entender nada de lo que dicen) pero la verdad es que me asustan.
miércoles, 5 de marzo de 2008
Tanto ruido y al final... demasiado ruido!
Hola, sí he vuelto y prometo no volver a irme tan lejos.
De a poco iré renovando el blog, espero que me sigan acompañando luego de mis vacaciones forzadas por falta de material, imaginación o vaya uno a saber por qué.
De a poco volverán aquellas historias reales, propias o ajenas, que fueron llenando de palabras este humilde blog. Quizás ahora sean un poco más felices o tal vez no, vamos a ver qué sale, qué se cuenta, que se siente.
Comienzo a escuchar testimonios de amigos o anónimos, una especie de casting del amor (o por qué no del desamor) para poder plasmar nuevas cosas.
Soy toda oídos...
De a poco iré renovando el blog, espero que me sigan acompañando luego de mis vacaciones forzadas por falta de material, imaginación o vaya uno a saber por qué.
De a poco volverán aquellas historias reales, propias o ajenas, que fueron llenando de palabras este humilde blog. Quizás ahora sean un poco más felices o tal vez no, vamos a ver qué sale, qué se cuenta, que se siente.
Comienzo a escuchar testimonios de amigos o anónimos, una especie de casting del amor (o por qué no del desamor) para poder plasmar nuevas cosas.
Soy toda oídos...
jueves, 17 de enero de 2008
La figurita difícil
Durante meses soñó con una sola escena: tenerla entre sus brazos.
Por las mañanas se lamentaba no poder despertarla con dulces besos y un rico desayuno; por las tardes, le hubiera encantado llevarla a descubrir el mundo tomados de la mano, como si nadie más existiera; por las noches, tan sólo planeaba verla dormir mientras que con su mano derecha acariciaría su cuello y correría su pelo para contemplarla mejor.
Durante meses planeó estas escenas y de tanto soñarlas, ya las había recorrido en su mente de punta a punta. Nada podía fallar.
Pero no pudo ser, ella tenía otro destino, otros deseos, otro amor y en su mundo no había lugar para él ni para sus cuentos de hadas.
Sintió que su corazón se detuvo por unos instantes. Ninguna de esas escenas tendría sentido sin ella, nadie podría suplantarla así que tan sólo siguió soñando. En esos sueños eran felices, ella reía a su lado y sus ojos brillaban de tanta algarabía.
Ahora sí todo volvía a tener sentido…
Por las mañanas se lamentaba no poder despertarla con dulces besos y un rico desayuno; por las tardes, le hubiera encantado llevarla a descubrir el mundo tomados de la mano, como si nadie más existiera; por las noches, tan sólo planeaba verla dormir mientras que con su mano derecha acariciaría su cuello y correría su pelo para contemplarla mejor.
Durante meses planeó estas escenas y de tanto soñarlas, ya las había recorrido en su mente de punta a punta. Nada podía fallar.
Pero no pudo ser, ella tenía otro destino, otros deseos, otro amor y en su mundo no había lugar para él ni para sus cuentos de hadas.
Sintió que su corazón se detuvo por unos instantes. Ninguna de esas escenas tendría sentido sin ella, nadie podría suplantarla así que tan sólo siguió soñando. En esos sueños eran felices, ella reía a su lado y sus ojos brillaban de tanta algarabía.
Ahora sí todo volvía a tener sentido…
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