miércoles, 28 de septiembre de 2011

¿Y vos, de qué lado estás?

En un nuevo estudio capitanezco, obtuve el siguiente resultado: el 98 por ciento de las personas está a dieta. Y no es la primera vez que tanta gente junta se pone de mal humor y pasa hambre, esto es algo que sucede todos los años para la misma fecha. Llega septiembre y volvemos a mirarnos en el espejo. ¿Y ahora qué hacemos con estos rollos que estaban tan cómodos debajo de cuatro remeras?

Así es como los gimnasios se llenan de gente y se forman filas en los centros de estética en busca de un milagro. Yo soy de éste último grupo: "Ley del menor esfuerzo" es mi segundo nombre. Por eso hace 20 días, dejé casi un sueldo completo y me anoté en Figurella, prometiéndole a Muchacho que la inversión valdría la pena y cruzando los dedos para que el tratamiento funcione. "Me voy a poner re buena, vas a ver" (?), grité un segundo después de tener que blanquearle el monto total y corté el teléfono antes de escuchar el sermón.

Cuestión que desde hace 20 días mi vida se convirtió en una sucesión de sopas y ensaladas. Como otras cosas, pero esos dos ítem no fallan. "Si tenés hambre, comete una fruta o tomate un caldito Knorr, de esos instantáneos", aconsejó la nutricionista que me proporciona el centro. Por si tenía dudas, ya me llamó dos veces por teléfono: "Hola, ¿quería saber si te sirvieron mis consejitos? Tomá mucha agua y cuando te agarren ataques de hambre, tomate una sopa".

Juro que cumplo la dieta al pie de la letra, como nunca antes y lo hago por tres motivos. Uno porque realmente quiero verme mejor, dos porque no soportaría ver una cara masculina que diga "yo sabía que era una locura gastar toda esa plata" y el tercer motivo es para que esta señora no me llame más.

Por eso cuando vi esta publicidad de Knorr Quick Crema que salió ¡hasta en la sopa! pensé que en breve, me verán bailando en la calle vestida de avestruz y con Iripino como coreógrafo. Lo importante es la actitud: ¡Acting Capitana!

Se las dejo por si no la vieron...





¿Y ustedes, pertenecen a ése 98 por ciento que está a dieta?

domingo, 31 de julio de 2011

Primera etapa: ¡cumplida!

Una vez me dijeron que en el amor, la clave es negociar. Que lo importante es llegar a un acuerdo y ceder en algunas cuestiones, para conseguir la felicidad y obtener algunos beneficios. Nunca me gustó verlo como una fórmula matemática, como algo tan racional, pero hoy debo decir que algo de eso hay. Sino, no se explica cómo aún no nos matamos.

El 31 de julio de 2010, luego de luchar meses con albañiles y con plazos que se modificaban todas las semanas, por fin estacionamos el camión de la mudanza en la puerta de nuestra casa. Hacía ya mucho tiempo que mi mochila viajera había dejado de recorrer las 30 calles que dividían ambos hogares, pero esto era distinto: tenía olor a desafío. Ya no valían los refugios ante cualquier pelea, los problemas habría que afrontarlos en casa.

Ése día se llenó la casa de amigos y familia; se comieron sandwichs en una cocina vacía, parados, cada uno desde el puesto que le había sido asignado. Se vivieron momentos de caos, como en toda mudanza, pero pese al cansancio la sonrisa era el denominador común. Estábamos contentos, nosotros y ellos, había triunfado el amor. Nadie le daba crédito a la relación durante los primeros meses pero acá estábamos para demostrar que sí se puede atravesar huracanes y tormentas cuando hay amor.

Hace un año escribía esto. Con alegría, puedo decir que nos seguimos eligiendo y que en esta casa, la mayoría de las veces, sobran las sonrisas. No es un amor utópico, no existe el "hasta que la muerte nos separe", pero es un amor real de esos que se sienten en el corazón. Y eso vale más que cualquier firma o cálculo matemático.

Por eso hoy, pese a los pronósticos, renovamos el contrato de nuestra casa y nuestra relación. Muchacho, feliz aniversario, seguimos sumando...

jueves, 7 de julio de 2011

"No me saludes, gracias"

No soy muy amiga de los festejos impuestos, detesto el día de la madre, el del padre, el de los enamorados y todos los afines que se ubican en el calendario. No sé quién inventó el día del tío, el cuñado, el primo, la bisabuela, la vecina, el padrino, pero ahí están, acechando a la espera de un saludo que de mi parte, nunca llegará. Porque sencillamente, los odio.

La gran incógnita es quién los impuso, qué estaría pensando en ese momento y qué quería lograr con todo esto. ¿Un aplauso? Acaso, ¿una mala madre es buena madre y merece un regalo sólo porque es su día? Horrible. Pero la fecha que más urticaria me da de todo el año se acerca y sobre eso quiero hablar: el día del amigo.

El 20 de julio, los argentinos se despiertan con un chip distinto. Van sonrientes por la vida, saludan con un beso al portero y le dicen "buen día" al colectivero por primera vez en el año. Como si se tratase de una carrera imaginaria, repasan mentalmente la cantidad de "feliz día" que recibieron el año anterior y la meta, claramente, es superar la marca. Si el último julio recibieron 5 saludos, ahora desean recibir al menos 10.

Con esa premisa bajo la manga, hacen chistes, te ofrecen café en la oficina, te abren la puerta y te dan el asiento en el subte. ¿Sabés qué día es hoy, no?; Sí, miércoles. Entonces te ponen un calendario gigante arriba del escritorio con el 20 remarcado con fibra negra o te inundan el muro de Facebook con saludos cargosos, a ver si te "avivás" y les decís feliz día. Los odio, no te hablé en todo el año, no te voy a decir feliz día ni hoy ni nunca.

Este contexto se repite en todos lados. Antes sonaba el teléfono incesantemente, con personas que esperaban al menos escuchar un "igualmente". Ahora, el plomazo es Facebook. Gente desconocida te dice: "Amigaaaaaaaaaaaaa, feliz día" y vos te preguntás en qué momento te sentaste a charlar con esa persona, cuántas cosas importantes compartiste, como para que te grite amiga con tanto entusiasmo.

A la hora de las reuniones, arranca otro capítulo. Mensajes de texto desencotrados, chat, llamadas, recordatorios, restaurantes colapsados, nadie se pone de acuerdo sobre dónde comer y a qué hora juntarse. "Paso a saludar a Pilu, después a Monti y más tarde ceno con ustedes, ¿me esperan?"... Y la verdad que no, no quiero esperarte hasta las 23 para poder sentarme a comer un día de semana.

¿Por qué hay que ver a todos los amigos que tenemos el 20 de julio sí o sí, sino nos convertimos en malos amigos? Si cuando se peleó con el novio y me llamó llorando, yo estaba ahí para consolarla. ¿No era eso lo realmente importante, más que esta cena de mierda? Parece que no, tenía que estar presente sí o sí el 20 para el brindis (?), sino todo lo que se hizo los otros 364 días del año, fue en vano. Aunque el 21 ya se junten a despedazarte porque engordaste tres kilos, el 20 hay que estar con buena onda, bien arriba para festejar (?).

Este año planeo tan sólo agradecer cuando me digan feliz día personas que no considero mis amigas. No finjo más. Me siento una prostituta emocional mintiendo, impostando una sonrisa y un "Igualmente" creíble frente al espejo que seguro después no me sale en vivo. Este año, calculo que no me voy a juntar con nadie, me voy a quedar en mi casa y voy a mirar la novela como todas las noches. Y me voy a ir a dormir temprano, soñando con un mundo donde no existan ni el día del amigo ni el feliz día ni los igualmente. Ojalá sea posible.

jueves, 16 de junio de 2011

Tarde descontrolada...

Cada vez que mi madre llega con bolsas negras en la mano, tiemblo. Sé que me espera un momento desagradable. "Estoy ordenando el placard blanco, acá te dejo más cosas tuyas", argumenta. Mil veces le dije que no me traiga nada, que done mi ropa, que si la dejé en su casa es porque no la necesito. Pero no escucha, mi madre nunca escucha y las deja igual. Y ahí estoy yo, en el piso de mi casa, con una bomba a punto de estallar. Porque abrir esas bolsas negras, implica muchas cosas. Un sinfín de sentimientos.

El más importante de ellos, salta a la vista: tengo 128.274 kilos más que cuando usaba eso. Entonces, ya sé de antemano que nada me va a servir. Igual, porque soy masoquista, abro la primera bolsa... y ahí está toda mi ropa talle S que usé hasta hace cinco años. "No lo puedo creer, ¿cómo me entraba esta musculosita?", le grito a Muchacho, que se quiere matar por no haber llegado unos años antes. Pero como sabe que es mejor no avivar el fuego, desliza un mentiroso: "Creciste mi amor, no estás gorda, te cambió el cuerpo". No le creo nada, ni siquiera le presto atención y sigo sacando una daga tras otra.

"Noooo, ¿cómo me ponía este top azul de terciopelo? Era un gato"; ¿En qué momento se usó esta camisa color mostaza con espigas negras?"; "Mirá este pantalón de cuero tipo Shakira, con este no paraba de ganar". Una prenda tras otra merece un comentario. Una tarea que me podría haber llevado cinco minutos, me ocupa dos horas. Era abrir, mirar, donar. Pero no, se convirtió en abrir, mirar, asombrarme, probarme, entristecerme, reírme, volver a entristecerme. ¿Por qué mierda abrí esta bolsa?

La llamo a una amiga que tiene hijas adolescentes. Le digo que se preparen porque les mando una ropa hermosa que ya no me entra ni en un pie. Me pregunta si no quiero quedarme con algo "por las dudas que bajés". Le explico que mi vida útil, mi cuerpo al menos, venció en el 2006, ahora soy un tonel sin forma y con el corazón estrujado. Me vuelvo a probar una camperita, le tengo ganas, me acuerdo que la gasté, era la elegida a diario... "Si bajo cinco kilos ésto me tiene que quedar perfecto", sueño en voz baja. Me miro en el espejo y confirmo que es una misión imposible. La vuelvo a guardar en la bolsa, que las chicas la aprovechen.

Me voy a comprar ropa nueva. Tomo coraje y entro a un probador, aún sabiendo que me voy a tener que topar con una situación que me descontrola: la vendedora. Esta chica que cumple con todos los rituales que me molestan al pie de la letra. Parece que existe una academia de vendedoras que les enseñan tres únicas cosas: a decir negri cada dos segundos; a meterse en la intimidad de un probador ajeno y a mentir. Porque dale, no me podés decir que me queda divino un vestido que me apreta convirtiéndome en un matambre humano.

Vendedora:
A ver negri (corriendo la cortina sin permiso)... Te queda preciosoooooooooooo, es para vos. Justo, justo, justo.

Capitana:
No me queda precioso, me ajusta por todos lados.

Vendedora:
No negri, se usa así. Ayyyyyy ¡qué hermoso!

Capitana:
OK, gracias, ¿me dejás sola?


Y ahí estoy otra vez en la intimidad del probador, siendo engañada como una niña. Porque como bien cuenta Muriel en este video, los espejos tienen algo. Yo me miro dentro de probador y me quiero llevar absolutamente todo. Me siento una diosa, creo que el vestido me queda pintado y termino pagando un precio desorbitante por algo que no lo vale. No importa, allá voy con mi bolsita, esperando una buena ocasión para estrenarlo y romperla. Pero claro, llego a mi casa, me lo pongo y vuelve la calabaza: no me queda como en el probador. El vestido es el mismo, mi cuerpo también, pero por una extraña razón la imagen no es la misma.

Otra vez insulto al cielo por ser tan ilusa. ¿Cómo me dejé engañar así, si siempre me pasa lo mismo? No aprendo la lección y repito la misma frase de siempre: "A los espejos les ponen algo".
Al final, la culpa de todo la tiene mi mamá, si ella no me hubiese traído las bolsas negras, todo esto no pasaba.

jueves, 2 de junio de 2011

viernes, 20 de mayo de 2011

Oda a la vida ♥

Una de las personas más lindas que conozco tiene leucemia. Es mi amiga y la adoro, por eso la confirmación del diagnóstico me corrió como un frío helado por el cuerpo. Ya lo imaginábamos, pero eso no alivió el dolor. Para el ideario colectivo, la palabra leucemia es sinónimo de muerte, pero para ella no.


Tuvo miedo, lloró y pataleó, se hizo bolita una y mil veces, pero no se detuvo y se propuso contrariar a los prejuicios. “No me voy a morir, tengo muchas cosas para hacer todavía”, me dijo una tarde que me notó triste y preocupada. Porque ella es así, aún con tamaña mochila a cuestas, se encarga de que nosotros no caigamos. Nosotros, los que deberíamos apuntalarla a ella.


Es tan chiquita y tan grande, que mientras nosotros nos preocupamos por pavadas y nos quejamos porque “este resfrío me va a matar”, ella baila salsa en el living para ponerle un poco de color a los efectos negativos que le deja la quimioterapia. Es la misma que ya tiene gorritos lindos guardados por si se le cae el pelo, la que canta con voz nasal mientras toca la guitarra, la que está cansada pero no se detiene.


Ella es única y lo no digo ahora porque “claro, todos los enfermos y los muertos son buenos”. Lo digo desde hace años, cuando la elegí como amiga y cuando la elijo como la madrina del hijo que algún día llegará (si es que ella acepta). Porque es una rústica que cada tanto, te llama para darte los buenos días o te manda un mensajito con una frase de Sabina que te cae en el momento ideal. Porque no se preguntó: ¿me voy a morir de esto?" sino "¿cómo vivo con esto?"


Porque su lucha enseña, porque es buena persona, porque es un gigante escondido en un metro sesenta.


lunes, 9 de mayo de 2011

La herencia de la abuela Kico

Me la prometió y cumplió, ahora debo responder con unos ricos fideitos caseros...



Pastalinda traída de Italia, casi sin uso, ¿ideas para limpiarle el óxido?




¡¡Ahora necesito recetas!!